“Moving, all the people moving, one move for just one dream,” así va la letra de la canción “Moving,” de Macaco que me entregó Daniel al presentarse. Justo acababa yo de decirle mi nombre, cuando me pasó una hoja de papel con algo escrito en ella.
-¿La conoces?- me preguntó con los ojos bien abiertos, llenos de una curiosidad explosiva.
Entramos en un aula silenciosa, acompañados por Óscar Ceballos, profesor del programa de CIEE y por Encarnación Quiroga, consejera académica y psicóloga de instituto. Daniel, de 17 años, empezó a cantarnos suavemente un poquito de la letra, pero paró sintiendo vergüenza de no saber cantárnosla bien en inglés.
-No sé cómo va.-
Luego se quedó allí, a la expectativa, mirándonos mientras lo rodeaban sus amigos y compañeros de clase, Gabriel de 16 años, Edú de 17 años y Fran de 15 años. Su instituto es el Ramón Carande y está situado al lado de las Tres Mil Viviendas, el enorme y eternamente desasistido barrio de Sevilla, la principal ciudad del Sur de España. Como ellos, un total de ochocientos alumnos acuden a él cada día para seguir sus estudios y tratar de labrarse un porvenir.
Las ilusiones de Daniel están más relacionadas de lo que el piensa con esa letra de Macaco que apenas podía entender -Es que hay más alegría aquí en Sevilla...la vida es más sencilla,-. Edú sonríe y su aparato dental brilla con el sol de final de octubre que entra por la ventana. Me explica que él es de Colombia. Gabriel, más callado que sus compañeros y de mirada muy dulce, nos cuenta que él tampoco es sevillano.
-Aunque mi padre es de Cadiz y yo nací allí, mi madre es de Sevilla. Es por eso que estamos aquí.-
Daniel y Fran, los “sevillanos”, están muy orgullosos de serlo.
-El Sevilla es mi equipo de fútbol. Mira mi chándal,- Fran señala el escudo de la equipación oficial que lleva en el pecho.
-¿Viste el partido de anoche? ¡El Sevilla ganó, tres a uno!- exclamó con entusiasmo.
Pero no todo es alegría en su visión de la vida. -Es que yo quiero salir [de las Tres Mil Viviendas,] pero es difícil, muchas personas se mueran...caminas por la calle y hay gente con su pistola, y hay niños jugando en la misma calle. Hay mucha gente, basura y coches caros, comprados con el dinero de la droga- nos explica Daniel de su barrio. Aprieta el puño con el índice abierto, como si fuera una pistola, y se la mete en el bolsillo. Para explicárnoslo mejor nos canta un rap que tiene medio compuesto sobre su barrio: “Necesitamos centros residenciales más...para crear más líder y menos criminales.”
Daniel y Fran podrían haber ido a cualquiera de los tres institutos que existen en el perímetro de las Tres Mil Viviendas, pero el Ramón Carande les ofrece una vía de escape, junto a más oportunidades de éxito en el futuro. Como ellos, el setenta y ocho por ciento de los estudiantes del Ramón Carande residen en las Tres Mil Viviendas pero viene aquí por el interés de sus padres, para que no estén atrapados en un instituto donde, como en los de las Tres Mil, “es imposible enseñar”, según nos explica Encarnación Quiroga.
Edú sueña con un ser un DJ famoso. Fran quiere ir a la universidad, a donde lo acompañará probablemente un veinte por ciento de los estudiantes de su año escolar en el Ramón Carande, y estudiar para ingeniero informático. Daniel combinará su talento para la electrónica y el flamenco y tal vez un día alcance tanto éxito como su abuelo, el famosísimo cantante Manolo Escobar. Gabriel es el único que dice que va a la escuela para estudiar. Los otros, para divertirse. -Yo todo lo sé. No tengo que estudiar, todo está aquí,- me explica Fran, y se da un toque a la cabeza, mientras me regala una sonrisa enorme.
La armonía que reflejan estos cuatro amigos es sintomática del conjunto de las relaciones entre los estudiantes del instituto. Aunque no siempre es así -hay peleas entre ellos, nunca con armas, pero hay conflictos porque se aburren...Tampoco hay respeto al profesor...- señala la psicóloga del centro. Según Encarnación Quiroga, el setenta y cinco por ciento del tiempo de clase se dedica a tratar de captar la atención de los alumnos. Aunque las prioridades no son necesariamente los estudios, los chicos crecen académicamente y fuera de ellos también. Abundan los programas extra-curriculares para el desarrollo de los estudiantes del Carande: especialmente el teatro y los deportes.
La música es un gran aglutinante para los cuatro amigos. -Mi favorito grupo favorito es Wu Tang Clan- nos cuenta Edú, que en su tiempo libre Edú le graba cosas a Fran y Daniel en su ordenador además de crear sonidos propios para sus canciones.
-A mi me encanta Michael Jackson- explica Gabriel, un artista sorprendente para un chico tan callado. Sonríe cuando le pregunto si baila como ídolo.
-Es que somos pequeños americanos...mi ropa está hecha allá, mi película favorita es Titanic, me encanta Harry Potter...- relata Daniel.
Pero en realidad soy yo la que queda contagiada por su alegría y sencillez vitales, por su arte para la música, por el carácter del barrio en el que les ha tocado crecer y por valores tan fuertes como los suyos.
Al salir nos “asalta” una colmena de estudiantes que están en el cambio de clase. Soy despedida por caras desconocidas pero brillantes porque se han enterado de que soy americana, algo increíble y exótico para ellos. Y con el “Bye, Bye” que me gritan con fuerte acento español, abandono los muros cerrados a cal y canto del Ramón Carande con las palabras de Macaco surcando mi mente, “one move for just one dream,” y pensando sobre mis nuevos amigos.
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